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Tendencia del pistacho: un fenómeno viral que revolucionó la industria alimentaria

Por: Lisandro IsertePublicado: 7 de agosto de 2025Lectura: 8 minutos
Pistacho representado mediante formas geométricas Una forma central amarilla aparece contenida entre dos curvas simétricas sobre un fondo oscuro.

Hace unos meses el pistacho empezó a aparecer en todos lados.

Primero fue una tableta difícil de conseguir. Después llegaron los videos de personas partiéndola frente a cámara, el relleno verde desbordando, el sonido de la masa crocante y esa mezcla de curiosidad y ansiedad que producen los productos que todavía no probamos, pero sentimos que ya conocemos.

En poco tiempo, el pistacho pasó de ser un sabor relativamente específico a convertirse en una señal cultural. Helados, alfajores, cafés, cremas, tortas y versiones caseras comenzaron a repetirse hasta construir la sensación de que algo nuevo estaba ocurriendo.

Y eso es lo que me interesa de esta tendencia.

No solamente que se venda más pistacho. Sino la velocidad con la que una imagen nacida en redes puede modificar el deseo, empujar a las marcas a lanzar productos y generar presión sobre una cadena de abastecimiento que nunca estuvo preparada para moverse al ritmo de TikTok.

El fenómeno del pistacho no habla solo de alimentos. Habla de cómo se construyen hoy los mercados.

Todo empezó con una tableta que parecía inaccesible

El origen del fenómeno está en el llamado chocolate de Dubái: una tableta gruesa, rellena con crema de pistacho, tahini y masa kadaif crocante, creada por Sarah Hamouda para FIX Dessert Chocolatier.

El producto existía desde 2021, pero explotó globalmente después de que un video publicado por la creadora de contenido Maria Vehera se volviera viral a fines de 2023. Para abril de este año ya superaba los 120 millones de visualizaciones.

La historia podría contarse como otro caso de un producto que tuvo suerte en redes.

Pero sería una explicación demasiado simple.

La tableta reunía casi todos los elementos que una plataforma visual necesita para amplificar algo: un color reconocible, una textura que se entiende sin probarla, un sonido satisfactorio, una preparación exagerada y una disponibilidad limitada.

No era solamente rica.

Era observable.

Y en el mercado actual, un producto que se entiende en pocos segundos tiene una ventaja enorme sobre otro que necesita demasiadas explicaciones.

Un producto hecho para las redes, aunque no haya nacido para ellas

Las redes sociales no inventaron el pistacho. Tampoco inventaron el chocolate relleno ni la asociación entre ciertos ingredientes y el lujo.

Lo que hicieron fue comprimir todo eso en una escena perfecta para repetir.

Una mano sostiene la tableta. La rompe. El relleno se estira. La masa cruje. Alguien reacciona.

Ese pequeño ritual contiene producto, demostración, entretenimiento y prueba social al mismo tiempo.

La mayoría de las campañas tradicionales necesita separar esas funciones. Primero presenta el producto, después explica su diferencia, luego intenta construir deseo y finalmente muestra una recomendación.

El chocolate de Dubái hace todo en unos segundos.

La tendencia no se viralizó porque el pistacho fuera nuevo. Se viralizó porque encontró una forma nueva de ser deseado.

Ahí aparece una idea que muchas marcas todavía subestiman: no alcanza con tener algo atractivo. El producto también necesita una forma de circular.

Hay productos diseñados para la góndola. Otros para una carta. Otros para una vidriera.

Este parece diseñado para el feed.

Del deseo a la copia masiva

Cuando millones de personas quieren probar algo que no pueden conseguir, la escasez no detiene la tendencia. La multiplica.

Empiezan las recetas caseras, las imitaciones, las reinterpretaciones y las versiones de marcas que intentan capturar una parte de la conversación. Cada copia vuelve a mostrar el código original: chocolate, verde pistacho, relleno abundante y textura crocante.

En ese proceso, el producto deja de pertenecerle por completo a quien lo creó.

Se convierte en una categoría cultural abierta.

Lindt lanzó su propia versión. Cafeterías, heladerías y pastelerías de distintos países hicieron lo mismo. Algunas copiaron la tableta. Otras llevaron la idea a medialunas, helados, tortas, bebidas o postres.

Esto muestra una diferencia importante entre una moda y un lenguaje.

Una moda se repite igual hasta agotarse.

Un lenguaje permite que otros lo adapten.

El chocolate de Dubái empezó como un producto específico, pero el pistacho se transformó en un código que cada mercado puede traducir a sus propios formatos.

Cuando el algoritmo llega antes que la cadena de suministro

La parte más llamativa del fenómeno aparece cuando el deseo digital choca con el mundo físico.

Un video puede recorrer el planeta en horas. Un cultivo no.

El pistacho necesita años para comenzar a producir y depende de zonas con condiciones climáticas muy específicas. La demanda puede acelerarse de una semana a otra, pero la oferta no puede responder con la misma velocidad.

Durante este año, la presión sobre los granos sin cáscara —los que se utilizan para las cremas y rellenos— produjo faltantes y aumentos de precio. En el mercado internacional, algunas referencias pasaron de USD 7,65 a USD 10,30 por libra: una suba superior al 30%.

Esto cambia la lectura de una tendencia.

Para marketing, puede parecer una oportunidad de contenido o lanzamiento.

Para compras, producción y finanzas, puede convertirse en un problema de abastecimiento, capital inmovilizado y márgenes.

La tendencia entra por el feed, pero termina afectando contratos, inventarios y decisiones de inversión.

La cultura se mueve más rápido que la industria. Y las marcas empiezan a necesitar sistemas capaces de interpretar ambas velocidades.

La versión argentina del fenómeno

En Argentina, el pistacho encontró un vehículo perfecto: el alfajor.

No hizo falta explicar una categoría nueva. Las marcas tomaron un producto completamente instalado en nuestra cultura y le agregaron el código que ya venía cargado de deseo.

YPF lanzó su Alfajor Full Pistacho a comienzos de año y vendió 640.000 unidades durante los primeros seis meses. Havanna presentó su Alfajor Dubai el 11 de julio y, en pocas semanas, informó 320.000 unidades vendidas y faltantes de stock.

En Mar del Plata, donde Havanna y Lucciano’s forman parte del paisaje cotidiano, el fenómeno se volvió especialmente visible. No llegaba como una curiosidad importada: se traducía rápidamente a marcas cercanas, productos conocidos y puntos de venta reales.

Eso explica parte de su velocidad.

Las tendencias globales no se vuelven masivas solamente porque llegan a un país. Se vuelven masivas cuando encuentran una estructura local donde encajar.

Acá no adoptamos simplemente el chocolate de Dubái.

Lo convertimos en alfajor.

El pistacho vende más que sabor

El pistacho tiene una característica comercial poderosa: se reconoce antes de probarlo.

Su color funciona como una señal inmediata. En una vidriera, una carta o una publicación, alcanza con ver ese verde para anticipar el sabor y asociarlo con una experiencia más sofisticada.

También conserva una percepción de escasez. No parece un ingrediente cotidiano, aunque empiece a aparecer en productos cada vez más accesibles.

Ahí está una parte de su atractivo: permite que un producto masivo se sienta un poco más especial.

Un alfajor sigue siendo un alfajor. Pero con pistacho puede presentarse como novedad, edición limitada, experiencia gourmet o lujo accesible.

La materia prima aporta sabor.

La tendencia aporta significado.

Y muchas veces es ese significado el que permite justificar un precio mayor, generar filas, producir contenido y convertir una compra simple en algo que vale la pena mostrar.

¿Moda pasajera o nueva categoría?

Es probable que la fiebre por el “Dubai” pierda intensidad. Todas las tendencias que crecen tan rápido terminan atravesando una etapa de saturación.

Van a aparecer demasiadas versiones. Algunas serán malas. El código visual dejará de sorprender y la novedad se desplazará hacia otro ingrediente, otra textura o alguna combinación que todavía no conocemos.

Pero no creo que el pistacho vuelva exactamente al lugar que ocupaba antes.

La tendencia ya hizo algo difícil de revertir: amplió la cantidad de personas que lo reconocen, lo buscan y están dispuestas a elegirlo. También empujó a las marcas a desarrollar proveedores, recetas, procesos y productos que no desaparecerán cuando baje el volumen de videos.

Quizás el chocolate de Dubái sea una moda.

El pistacho, en cambio, puede estar convirtiéndose en una categoría más estable.

Las tendencias digitales no solamente reflejan lo que las personas quieren. Cada vez con más frecuencia, construyen ese deseo antes de que la industria tenga tiempo de entenderlo.

Por eso, el aprendizaje no consiste en perseguir cada fenómeno viral.

Consiste en aprender a leer qué hay debajo.

En este caso, no es solamente un fruto seco. Es la combinación entre imagen, textura, escasez, repetición y adaptación cultural.

El próximo fenómeno probablemente cambie de sabor. La lógica que lo impulsa ya está instalada.