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Videos generados con IA: un punto de inflexión para la creación y consumo de contenidos

Por: Lisandro IsertePublicado: 14 de junio de 2025Lectura: 8 minutos
Una imagen que se transforma en señal Un rectángulo oscuro contiene un triángulo amarillo y se proyecta hacia una serie de líneas.

En los últimos días empecé a ver algo distinto en las redes.

No eran solamente videos hechos con inteligencia artificial. Eso ya existía.

Lo nuevo era la cantidad, la velocidad y la naturalidad con la que empezaban a mezclarse con el resto del contenido.

Memes, escenas absurdas, falsos testimonios, pequeños relatos, personajes imposibles y videos que declaraban abiertamente haber sido generados con IA aparecían uno detrás de otro, sin la sensación de estar viendo una demostración tecnológica.

El experimento había empezado a convertirse en lenguaje.

Y cuando una tecnología deja de mostrarse como novedad y empieza a circular como contenido, cambia de etapa.

El video generativo dejó de parecer una demostración

Durante años, los avances en generación audiovisual llegaban en forma de pruebas controladas.

Veíamos una selección de clips impecables, producidos para mostrar hasta dónde podía llegar un modelo. Eran sorprendentes, pero todavía se sentían lejanos al trabajo cotidiano de una marca o de un creador.

Con Veo 3 aparece otra sensación.

Google presentó el modelo en mayo, con una capacidad especialmente llamativa: generar imagen y audio dentro del mismo proceso. Diálogos, sonidos ambientales y efectos ya no tenían que agregarse necesariamente después.

La novedad técnica importa.

Pero lo verdaderamente decisivo es que esa capacidad empezó a entrar en interfaces pensadas para usuarios, como Gemini y Flow.

El salto no consiste solamente en que los videos se vean mejor.

Consiste en que producirlos empieza a sentirse posible.

La barrera empezó a caer, aunque todavía no desapareció

Conviene hacer una precisión.

Veo 3 no se convirtió de un día para otro en una herramienta gratuita y abierta para cualquier persona. En este momento, el acceso depende de los planes de Google AI y de la disponibilidad por país. Los usuarios de Ultra tienen los límites más altos, mientras que los de Pro reciben acceso limitado y una cantidad reducida de generaciones de prueba.

No es acceso universal.

Pero tampoco es ya una tecnología encerrada en un laboratorio.

Ese movimiento intermedio es suficiente para cambiar el ecosistema: más personas pueden experimentar, compartir resultados, copiar formatos y enseñarles a otras cómo hacerlo.

La democratización de una herramienta no ocurre solamente cuando se vuelve gratuita.

Ocurre cuando deja de necesitar un equipo técnico para ser comprendida y empieza a integrarse a hábitos que ya existen.

El punto de inflexión no es que cualquiera pueda producir cualquier video. Es que cada vez más personas sienten que pueden intentarlo.

Del laboratorio al feed

En muy poco tiempo empezaron a aparecer usos que hasta hace poco eran hipótesis.

Videos que explicitan que fueron creados con IA como parte del chiste. Memes donde la deformación es parte del lenguaje. Recreaciones imposibles de escenas conocidas. Personajes famosos ubicados en situaciones absurdas. Paisajes que nunca existieron. Pequeñas piezas educativas que advierten: no creas todo lo que ves.

La inteligencia artificial no está funcionando solamente como herramienta de producción.

También se está convirtiendo en parte del mensaje.

El contenido dice “soy IA” y esa condición le agrega una capa de sentido.

Por ahora, muchas piezas todavía dependen de la sorpresa. Miramos porque queremos detectar el error, entender cómo fue hecho o comprobar hasta dónde puede llegar el modelo.

Pero esa curiosidad no va a durar para siempre.

Cuando la técnica se vuelva cotidiana, el contenido tendrá que sostenerse por algo más.

Un nuevo pacto visual

Durante mucho tiempo, una imagen en movimiento funcionó como evidencia.

Podíamos discutir el encuadre, la edición o la intención, pero el registro conservaba un valor básico: algo había ocurrido frente a una cámara.

Ese pacto empieza a romperse.

Un video puede mostrar una persona que nunca estuvo ahí, una declaración que nunca fue pronunciada o una escena que no existió fuera del modelo que la generó.

Eso no significa que dejemos de confiar en todo.

Significa que la confianza cambia de lugar.

Ya no alcanza con mirar la pieza. Necesitamos observar quién la publica, en qué contexto aparece, qué otras fuentes la confirman y qué relación previa tenemos con esa persona, marca o institución.

La autenticidad deja de depender únicamente de la imagen.

Empieza a depender de la consistencia.

Para las marcas, esto es importante. En un entorno donde cualquier escena puede fabricarse, la credibilidad no se construye con una pieza espectacular. Se construye con una historia sostenida, decisiones coherentes y una relación que no empieza ni termina en el video.

Las marcas todavía observan

Los creadores se mueven rápido porque pueden experimentar con menos estructura y menos riesgo.

Las marcas, en cambio, tienen más que perder.

Una pieza torpe puede resultar superficial. Una escena demasiado realista puede generar rechazo. Un uso poco claro puede abrir preguntas sobre consentimiento, derechos, representación o engaño.

Por eso muchas todavía están mirando desde afuera.

Es comprensible.

Pero no van a poder hacerlo durante demasiado tiempo.

La generación audiovisual va a reducir costos, acelerar prototipos y permitir representar ideas que antes quedaban fuera del presupuesto. También va a multiplicar la cantidad de contenido disponible y elevar el nivel de competencia por atención.

La decisión no va a ser si usar o no usar inteligencia artificial.

Va a ser para qué, bajo qué reglas y con qué nivel de transparencia.

Cuando la técnica deja de diferenciar

Durante décadas, una parte importante del valor audiovisual estuvo asociada a la dificultad de producir.

Hacían falta cámaras, iluminación, locaciones, actores, edición, sonido y equipos especializados. Esa complejidad no garantizaba una buena idea, pero funcionaba como una barrera.

Cuando producir determinadas escenas cuesta menos, esa barrera se debilita.

La calidad técnica empieza a convertirse en una base disponible para más personas.

Y cuando algo deja de ser escaso, deja de diferenciar por sí solo.

Lo que vuelve a importar es aquello que la herramienta no puede decidir de manera autónoma: qué historia merece ser contada, qué emoción tiene sentido activar, qué relación existe con la marca y qué consecuencia puede producir esa representación.

Cuando todo puede verse extraordinario, lo extraordinario vuelve a ser tener algo para decir.

La inteligencia artificial puede resolver una parte creciente de la ejecución.

No puede reemplazar la intención.

El principio de algo nuevo

Este no es un momento para celebrar cada novedad ni para reaccionar con miedo frente a cada avance.

Es un momento para observar con atención.

Van a cambiar los costos, las métricas, los tiempos y los códigos visuales. También va a cambiar nuestra forma de mirar, compartir y confiar.

Las personas van a desarrollar nuevas defensas. Las plataformas intentarán señalar el origen del contenido. Los medios tendrán que reforzar sus procesos de verificación. Las marcas deberán decidir cuándo la simulación es un recurso creativo y cuándo se convierte en una ruptura de confianza.

La creación audiovisual ya no es patrimonio exclusivo de quienes dominan una técnica compleja.

Pero el sentido sigue necesitando una decisión humana.

No estamos ante el final de la producción audiovisual tradicional.

Tampoco frente a una herramienta que resolverá por sí sola la comunicación de una marca.

Estamos frente al comienzo de una etapa en la que crear imágenes será más fácil, pero conseguir que esas imágenes signifiquen algo será todavía más difícil.